miércoles, 30 de mayo de 2018

Necesitamos diccionarios...

Foto: FCE España


Por Aurelio González Ovies


Necesitamos diccionarios de términos bellos e ilusiones en desuso. Índices de lo que somos y de dónde venimos. Volúmenes que nos expliquen los estrechos caminos de la existencia y nos justifiquen los altibajos de la dicha y lo absurdo, de la necedad y el acierto. Necesitamos divinidades que sigan alentando nuestro día a día con su soberanía y el vaho de sus artes mágicas. Dioses de cuyos ojos descienda la lluvia y de cuya melancolía se genere la nieve y su blancura. Seres extraordinarios con el océano en sus manos y las largas temporadas del olvido en su mirada. Con el color del ocaso en su respiración y el carácter del trueno en sus convencimientos.

Es necesario abrir bien los oídos bajo la alta noche, con mucho empeño, y escuchar, en silencio, las muchas vocecillas que nos encienden la luna y nos colocan, una a una, las estrellas; diminutos seres inmortales que se encargan de dar fosforescencia a las luciérnagas tenaces y de engarzar nuestros destinos en los vilanos de la fascinación y de precisar el ritmo de nuestros corazones.

No podemos perder de vista la sabiduría de los antiguos ni la grandeza de los mitos, porque en ellos están las claves del éxito y de la insatisfacción, la recompensa de la victoria y el castigo del desacatamiento. En ellos, en los personajes divinos y sus avatares, se forja todo lo nuestro, el enigmático asunto y trasunto humanos.

Nuestro diccionario, editado con gran esmero y exquisitez por la editorial El Naranjo e ilustrado tan magistralmente por Amanda, a las que agradeceremos siempre su atención, su apoyo y su ingenio, nuestro diccionario –digo– no pretende más que acercar a los más pequeños y jóvenes, pero también a los mayores, a este mundo maravilloso de la mitología clásica, un ámbito que jamás debiera estar ausente en los planes docentes y educativos, pues los mitos nos hablan tanto del pasado como del presente, siempre atemporales, y nos hablan no de temas ajenos, sino de valores imprescindibles, de la virtud y del amor, de la ambición y del apego.

Por ello, es tan imposible como inadmisible que las sirenas dejen de seducirnos con su música ancestral, tan necesario como legítimo que los poetas, conocedores de su infinitud y de la memoria colectiva, continúen reviviéndolos y transmitiéndolos, para que nuestra imaginación no empobrezca ni entorpezcan más nuestras costumbres y nuestra equivocada obstinación. Para que seamos capaces de dar sentido a lo irreal y profundidad a lo útil y transcendente. Para que nunca demos la espalda a que verdaderamente merece la pena y la vida: ídolos que no solo sean marcas vanas y consumibles, que no se compren ni se vendan, que no se intercambien interesadamente, que no conlleven ingredientes nocivos. Ídolos de carne y hueso, con nombre propio o común, de esos que sufren y luchan y caen y se levantan y consiguen, al fin, una victoria, una patria, una casa, un trocito de pan o un caluroso abrazo. Porque ahí están también los héroes, levantando la gran roca que oprime las pequeñas grandes cosas: el sol y la salud, las estaciones y el frío; los héroes que abrillantan y sostienen el peso ingente de nuestra épica diaria: los anónimos que nos barren las calles de la rutina y nos procuran limpieza, los que amasan el pan para empezar el día, los que aún persiguen la esencia y la perfección, los que nos suministran benevolencia y equilibrio, los que nos dotan de humanismo y espiritualidad…

Si este diccionario consigue solamente atraer la atención de quienes nunca se habían asomado a los acantilados de las leyendas de los clásicos grecolatinos, habremos triunfado. Y si estas primeras vistas les animan a embarcarse y cruzar los horizontes homéricos, será triplemente satisfactorio para nosotros, los autores e ilustradora, y para nuestras mecenas, indispensables en esta empresa editorial, empresa de riesgo hoy en día y, por tanto, labor de héroes o heroínas. Gracias sinceras.